Herencia de un nombre,
valquiria errante,
mi alma se enlaza a la suya.
Azules presagios arden,
llamas de castigo me cercan,
lunas del pasado y del futuro
me niegan la libertad.
En el bosque aún resuenan
las hadas que jugaban,
y Sigfrido, símbolo perdido,
se disuelve en la memoria.
Grane, corcel alado,
atraviesa el fuego de mi espera,
pero el camino se extingue
en confines de almas exiliadas.
Un gemido se alza:
la esperanza se convierte en eco,
y mi corazón late todavía
bajo la luz de la luna.
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